
Cuando alguien no sabe cuál es su propósito, casi siempre asume que tiene que crearlo.
Que debe salir a buscar una idea nueva, una causa nueva, una versión de sí mismo que todavía no existe. Y se pasa años probando caminos distintos, esperando que uno de ellos, por fin, se sienta como el correcto.
Yo creo que el propósito, en la mayoría de los casos, no hay que inventarlo. Hay que reconocerlo. Y para reconocerlo no hace falta mirar hacia adelante, sino hacia atrás.
El patrón que ya estaba ahí
Conozco a una mujer, ingeniera de formación, brillante, creativa y con una capacidad de trabajo enorme. Construyó una carrera sólida en un campo técnico, de esos que se admiran desde fuera precisamente porque parecen exigir una lógica muy alejada de cualquier sensibilidad artística.
Pero desde niña le gustaba pintar. No como una afición ocasional, sino como algo constante: los lienzos, los pinceles, las horas mezclando colores mientras el resto de sus intereses cambiaban con los años. Esa parte de ella nunca desapareció, ni siquiera en los momentos de mayor exigencia profesional. Simplemente se quedó en un segundo plano, tratada como un pasatiempo y no como una señal.
Hoy ya no ejerce como ingeniera. Se dedica a pintar. Y lo interesante no es que haya encontrado algo nuevo a mitad de camino. Es que ese hilo estuvo ahí desde el principio, sosteniéndose en silencio durante todos los años en los que ella construía, con mucho esfuerzo y mucho talento, una carrera distinta.
No inventó su propósito el día que dejó la ingeniería. Simplemente dejó de posponerlo.
Por qué no lo vemos mientras lo estamos viviendo
El propósito rara vez se anuncia con un título de puesto o con una decisión consciente.
Se cuela en la forma en la que resuelves los problemas, en el tipo de conversación que buscas sin darte cuenta, en lo que te atrae desde antes de que tuvieras vocabulario para explicarlo, en lo que te sale bien casi sin esfuerzo mientras a tu alrededor otros luchan por lo mismo. Y precisamente porque te sale con naturalidad, tiendes a no darle importancia.
Descartamos como poca cosa justo aquello que hacemos mejor, porque a nosotros no nos cuesta ningún esfuerzo hacerlo. Por eso resulta tan difícil verlo desde dentro.
Necesitas cierta distancia: de tiempo, o de la mirada de otra persona, para conectar los puntos que, vividos uno por uno, parecían no tener relación.
El ejercicio que sí funciona
En lugar de preguntarte ¿cuál es mi propósito?, que es una pregunta que invita a inventar algo desde cero, prueba con una distinta: repasa los últimos diez o quince años y anota, sin filtrar nada, los momentos concretos en los que sentiste que estabas haciendo exactamente lo que debías estar haciendo. No los logros más impresionantes en tu currículum, sino los momentos que recuerdas con más nitidez, aunque en ese momento parecieran pequeños.
Después, busca lo que se repite. No el sector, ni el título del puesto, ni el tipo de organización. Busca la acción concreta que aparece una y otra vez, disfrazada de contextos distintos. Ese es el hilo. Casi nunca es una industria, casi siempre es un verbo: conectar, simplificar, defender, enseñar, reparar.
Lo que cambia cuando dejas de inventar y empiezas a reconocer
Cuando entiendes el propósito como algo que reconoces en lugar de algo que inventas, la presión cambia de naturaleza.
Ya no se trata de encontrar la idea perfecta que todavía no existe. Se trata de tomarte en serio un patrón que ya llevas años demostrando, aunque nunca lo hayas llamado por su nombre.
La pregunta ya no es ¿qué voy a hacer con mi vida?.
Es ¿qué llevo haciendo toda mi vida sin haberle puesto nombre todavía? O incluso ¿qué llevo aplazando, con la excusa de que ya habrá tiempo más adelante?
Así que antes de lanzarte a buscar algo nuevo, revisa lo viejo.
Es muy probable que la respuesta no esté por descubrir en el futuro. Esté ya escrita, repetida varias veces, en tu propio pasado.
Bisila Bokoko